Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos.

CONTRA EL SILENCIO Y EL BULLICIO INVENTO LA PALABRA, libertad que se inventa y me inventa cada día.

Octavio Paz

IMÁGENES EN LIBERTAD

sábado, 14 de octubre de 2017

EN HOMENAJE A LO QUE SERÍA EL CUMPLEAÑOS DE UN GRANDE...DE UN HERMANO


SALUDAMOS LA CREACIÓN DEL
Museo Autónomo de Gestión Indígena

Argentina Centro de Medios Independientes (( i ))


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“Un primer paso en la autogestión de nuestra cultura y educación”
Por MDP Punta Querandí - Thursday, Jun. 22, 2017 at 4:15 AM
El Museo Autónomo de Gestión Indígena es más que una nueva herramienta educativa en Punta Querandí: es un paso muy importante en la recuperación del territorio ancestral en el límite de Tigre y Escobar. En este informe, integrantes de pueblos originarios opinan sobre este acontecimiento y exigen la “renuncia” de los arqueólogos que entregaron el lugar al empresario inmobiliario Jorge O’Reilly.
Luego de una década de abandono estatal, la comunidad de Punta Querandí se abre camino con autonomía y autodeterminación. Así lo explica Valentín Palma Callamullo, militante quechua: “El Museo es lo cúlmine, es para traer todas las piezas que fueron apareciendo, que motorizaron esta lucha desde un principio, para conocimiento de toda la sociedad como debe ser. Ya no se puede esperar más a un Estado que mete la cabeza bajo la tierra como el ñandú, mientras el río y las olas de las lanchas y las motos de agua desaparecen el sitio patrimonio cultural milenario que dejaron los ancestros”.
Callamullo, vecino del paraje Punta Canal, agrega que el Museo “es el resultado de casi una década de desidia y abandono del Estado en todos sus niveles” y resaltó los ataques de fines de 2016 contra el Opy (lugar sagrado guaraní), situación que obligó a profundizar la recuperación de Punta Querandí con nuevas construcciones.



“El Estado se borró, entonces nos vimos forzados como pueblos indígenas recuperadores del lugar a construir el Museo de manera autónoma. Es la autogestión de nuestra cultura, de nuestra educación, es un primer paso. El Estado debe respetar nuestras decisiones y nuestra forma de pensar”, expresa.
Por su parte, el qom Alberto Aguirre, uno de los guardias del sitio sagrado y quien estuvo a cargo de la construcción del Museo, señala: “Es rescatar todo lo que está invisible para sacarlo a la luz de una vez por todas y en un lugar específico donde estuvieron, donde se encontraron las piezas, no exhibimos cosas que se sacaron de otros lados”.
Soledad ‘Jasuka’ Roa, del pueblo guaraní, describe la importancia de este momento: “Después de muchos años se logró el objetivo de poner un Museo, es uno de los pasos más grandes, nos fortalece a todos porque es un lugar de aprendizaje de nuestra historia verdadera. Estas realidades, humedales, sitios sagrados, ¿donde te las enseñan?”.
“El Museo es como un recuerdo de todos nuestros antepasados que vivían en este lugar y en esta región, es muy importante para que la gente y los más chicos puedan aprender de todas las culturas de nuestros ancestros. Acá era el encuentro de los sureños con los norteños”, expresa Reinaldo Roa, integrante del pueblo guaraní y vecino del barrio La Paloma de El Talar (Tigre), otro de los abuelos de la comunidad de Punta Querandí.
“Estas son historias que nuestro pueblo desconoce, porque nunca nos han enseñado, están escondidas y las tendrían que enseñar en los colegios para que los chicos tengan su identidad, su raíz, su origen e idiosincrasia de esta región”, agrega Reinaldo.
Otro luchador de Punta Querandí es Santiago Chara, quien a su vez es referente de la comunidad qom de Benavidez, partido de Tigre. “Vamos a mostrar la pura verdad de lo que existió. Acá tapan la historia y eso es parte de lo que vamos a revelar, este es un Museo Histórico Indígena del que se puede obtener mucha cultura y mucho arte de nuestros pueblos, para que mucha gente pueda venir a visitar y que vea que no son palabras nada más”, manifiesta.
Leni Lachs es una de las personas mayores de Punta Querandí y es un ejemplo de quienes sin tener “sangre indígena” se comprometen con la lucha. Sobre el Museo explica que es “un espacio largamente esperado” y que está “dedicado a visibilizar no sólo el pasado, no sólo este sitio que es el que nos inspiró, sino a mostrar que todas las energías de los pueblos originarios siguen circulando, vivas, entre nosotros. Y a invitar a que más descendientes se animen a reconocerse, conocer sus orígenes, y se muestren, libres de silenciamiento, en su andar actual”.
“LOS ARQUEÓLOGOS TIENEN QUE RENUNCIAR”
Los materiales milenarios expuestos en el Museo fueron ‘ninguneados’ por un sector de la academia y las autoridades arqueológicas, quienes primero alegaron que no existían y luego dijeron que no tenían valor. Esto fue hace casi una década, cuando se dividieron las aguas y los “profesionales” a cargo del área cerraron filas con la empresa EIDICO.
El qom Alberto Aguirre apunta contra los especialistas Daniel Loponte y Alejandro Acosta, quienes se desempeñan dentro del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano (INAPL) y son financiados por el CONICET, pero al mismo tiempo trabajan para el empresario inmobiliario Jorge O’Reilly: “Ellos abandonaron el sitio porque decían que no tenía valor, nosotros le damos el valor ancestral que tiene desde nuestra cosmovisión”.
“Yo creo que deberían sentir vergüenza por lo que hicieron y por lo que dijeron, es más, tendrían que dar un paso al costado y dejar que otra gente más responsable se dedique a trabajar de verdad”, dice Santiago Chara, referente de la comunidad qom Cacique Ramón Chara de Benavidez y otro destacado luchador de Punta Querandí.
“Si tuvieran un poquito de conciencia lo menos que podrían hacer sería renunciar al título que tienen, por la forma en que ellos están empleando ese título, para beneficio y logro personal económico, y no para defender y salvaguardar todo lo que es el patrimonio. Deberían renunciar y dejar el lugar vacante para otros que tienen las ganas de hacer las cosas bien”, coincide Alberto.




El Movimiento en Defensa de la Pacha reclamó en varias oportunidades a las autoridades de la Dirección Provincial de Patrimonio Cultural el respeto a los derechos indígenas, cambios en la política arqueológica oficial y el reemplazo de los especialistas responsables en el territorio de los llamados “Bajíos Ribereños”, correspondiente a los humedales amenazados por el negocio inmobiliario. La última vez fue en octubre de 2015 pero, si bien asumieron nuevos funcionarios con la llegada al poder de la gobernadora María Eugenia Vidal, el responsable del centro de registro arqueológico, Fernando Oliva, continúa en su cargo.
Con respecto al rol de los arqueólogos asignados por el Estado para resguardar los sitios indígenas, Soledad Roa plantea que estos especialistas “tienen que trabajar en pos de la sociedad y no para intereses de empresarios”. Así mismo, recama que los ‘expertos’ consulten a los pueblos originarios ante hallazgos de sitios arqueológicos, “para ver qué podemos hacer de conjunto, tienen que tener nuestro consentimiento, no es cualquier hecho encontrar un sitio ancestral en un lugar que va a ser destruido para generar barrios privados para beneficio de pocos”.
La mujer guaraní amplió su descargo: “El gobierno de la provincia tiene que poner a arqueólogos que respeten los derechos de los pueblos originarios. Más allá de que no seamos descendientes directos (del sitio), hay organizaciones y comunidades indígenas vivas a las que se le debe tener en cuenta en estas situaciones”.
Jasuka remarcó la conexión espiritual de los vecinos de raíces de pueblos originarios con las tierras disputadas por la empresa EIDICO: “Punta Querandí tiene mucho valor cultural porque fortalece la identidad de los indígenas que vivimos actualmente en Tigre y ayudar a reencontrarnos con el territorio indígena que hay debajo del asfalto”.
Valentín Palma Callamullo redobla los argumentos: “Necesitamos que el Estado revise el trabajo que ha habido en zona norte con la preservación de bienes patrimoniales de toda la ciudadanía y de la humanidad, empezar a ver cómo podemos reparar tantos años de desidia y de ausencia”.
Alberto se suma a los cuestionamientos a los arqueólogos: “Ellos son los que dan el visto bueno, son los que hacen el desastre, no en su totalidad, hablo de casos particulares; las autoridades están permitiendo que ocurran estas cosas: vienen, excavan, rescatan y dicen ‘sitio liberado’ para las empresas. Y es financiando por la mismas empresas, hay algo que no cierra. Los funcionarios tendrían que replantearse si defienden el interés común o si son empleados de las empresas de construcción que hacen los countries”.
“Desde aquí vamos el debate con la academia, para revisar nuestra historia y la práctica arqueológica del Estado, con muchos grises oscuros, con seudos protectores del patrimonio cultural bonaerense que simplemente el triste rol que hacen es barrer sitios bajo la alfombra para no entorpecer el desarrollo de la mafia inmobiliaria, de O’Reilly, Constantini y compañía”, dice Callamullo.
Los objetivos de fondo siguen siendo “la protección de los espacios arqueológicos, que para nosotros son sagrados, se pide igualdad de derechos tanto de nuestro medioambiente como de nuestros bienes espirituales de toda la población indígena y de los ancestros que están descansando ahí”, manifiesta el militante quechua.
LA SEGUNDA CONQUISTA
Los contenidos del Museo no sólo apuntan a lo ancestral y a la realidad indígena, sino que cuenta el pasado reciente y las problemas actuales que sufre toda la población a causa de la invasión de barrios privados que en la última década avanzaron sobre 10 mil hectáreas de humedales en la Cuenca Baja del Río Luján, superficie equivalente a la mitad de todo el territorio de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
“Aquí tenemos otra historia que también está como invisible”, relata Alberto, quien rescata la identidad de los vecinos nacidos o criados desde pequeños en el paraje Punta Canal, ubicado en el límite de las localidades de Dique Luján (Tigre) y Maschwitz (Escobar). “Tienen un arraigo muy especial, ellos se ven avasallados como nosotros y están preocupados por defenderse porque de a poco estos avances inmobiliarios van socavando a las familias. Los barrios privados rellenan sus terrenos inundando a los vecinos para que ellos tengan que emigrar de su lugar de origen”.
“Yo relaciono la migración que tiene que sufrir el ciudadano común del paraje, con la destrucción que quieren hacer de los restos arqueológicos de los abuelos”, concluye el abuelo qom, el gran constructor de la cabaña de madera que alberga al Museo Autónomo de Gestión Indígena.
En un escenario de funcionarios y arqueólogos funcionales a la destrucción del patrimonio natural y cultural, el Museo es una herramienta para fortalecer las raíces del territorio y de sus habitantes, una descolonización necesaria para profundizar la resistencia a las grandes empresas invasoras del siglo XXI.




 


CARTA ENVIADA A "LA GARGANTA PODEROSA"

¿Cuándo, sino ahora?




¡Mari mari kom pu che!. ¡Saludos a todas y todos!. Desde la puelwillimapu, la cordillera sur.

Mi nombre es Moira Millán, soy Mujer, soy Mapuche, soy Weychafe, Guerrera. Nací un día de agosto en un invierno nevado en un pueblito llamado El Maitén, en el Noroeste de la provincia de Chubut. Soy melliza de Mauro.

Tengo sangre mapuche pero también tehuelche. Tengo cinco hermanos. Cuando tenía tan solo un año de edad mis padres nos llevaron a vivir a Bahía Blanca, mi padre era ferroviario.

Crecer en una gran ciudad, en una villa, llena de carencias no fue fácil. Reinaba una atmosfera racista y tensa en todos los espacios públicos. Un día aún muy niña comencé a llorar por las noches del dolor en mis piernas, mi mamá me llevó al médico y el diagnóstico fue que precisaba comida, estaba con cierta línea de desnutrición. Me llevaron a un centro complementario a tomar la leche, comer y allí aprendí a leer y a escribir. Nunca se debe subestimar el tiempo y el amor entregado a un niño, su efecto es mágico y definitivo. En mi barrio todos los niños eran indígenas, la mayoría era mapuches, venían de comunidades dispersas en la Patagonia de un lado y del otro lado de la cordillera; venían desde nuestra Wallj mapu, así le llamamos a nuestro territorio ancestral. A la escuela primaria la sufrí como a un correccional de menores, en mi casa yo era una vivaz lectora, verborrágica y feliz, pero allí me volvía tímida, silenciosa y dispersa. Nunca me hablaron sobre mi propia historia, nos enseñaban que los asesinos de mi pueblo y antepasados, eran próceres. El color de nuestra piel, la negrura y el lacio de nuestros cabellos, nuestros ojos rasgados, nuestra mirada profunda eran la herencia de nuestros ancestros que murieron peleando para que nosotras y nosotros vivamos. Un día al salir de la escuela yendo de la mano con mi mamá le pregunté por qué Dios había hecho rico a los rubios y pobres a los morochos. No pudo responderme… los años y la lucha me enseñaron que hay un sistema racista que establece la supremacía blanca. Las niñas indígenas, las morochitas del aula, éramos vistas como feas y tontas. Yo leía mucho, los libros eran mi pasión, con ellos lograba volar lejos de la soledad y el dolor. A los doce años empecé a limpiar casas, como la mayoría de las mujeres indígenas de este país, a cuidarme de los patrones lascivos y acosadores. Durante esos años de mi niñez, algo me quedó claro: hombre, adulto, blanco y patrón eran sinónimos de ALERTA Y PELIGRO!

A los 18 años decidí ir en busca de mis raíces y emprendí un viaje que cambió mi vida para siempre, dándole un propósito. A veces elegimos nuestras luchas, pero en otras ocasiones las luchas nos elijen. Sucedió un verano seco y caliente en el desierto patagónico, allí donde fueron recluido nuestros mayores, despojados de nuestros territorios. Toda la familia de mi padre vivía en la zona de Jacobacci, provincia de Rio Negro. Llegué justo, sin proponérmelo, los días previos a una ceremonia sagrada, muy importante para mi pueblo llamada Kamaruko. Allí, el Lof, nuestra comunidad, pacta la convivencia armónica con todo el resto de los pu Newen, las fuerzas de la naturaleza, con las cuales coexistimos. Durante 4 días se encendió el pillán ketral, fuego sagrado, el cual no se debía apagar. Alrededor del fuego tahilekeamos(cantamos) y purrukeamos (danzamos). Miraba el cielo estrellado y en ese círculo armonioso en donde me sentía libre y parte, mi mano se dejaba apretar amorosamente por una tía abuela que me introducía en el aprendizaje de los tahiel, los canto sagrados. Recuerdo haber llorado casi todos los días, me descubría en mi verdadera identidad. Descubrí que era de una Nación con Memoria, espiritualidad, dignidad y fortaleza. ¡Mapuche ta inche!, ¡soy mapuche!. Allí mi pueblo me parió de nuevo, en medio del desierto, entre cantos milenarios, gritos estruendosos, danzas que masajeaban con cariño la mapu, nació el newenque se despertó para nunca más volver a dormir. La weychafe, la guerrera. No soy valiente, mis ancestros me dan coraje; no soy fuerte, la Mapu me fortalece; nos soy sabia, la naturaleza me enseña y guía. Y hoy, con las hermanas indígenas de las 36 naciones vamos a ganar la guerra contra el genocidio, porque ustedes lucharan con nosotras. ¿Quién, sino vos? ¿Cuándo, sino ahora?