Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos.
CONTRA EL SILENCIO Y EL BULLICIO INVENTO LA PALABRA, libertad que se inventa y me inventa cada día.
Estoy lanzando piedras contra la oreja sorda. Cambiante de ambos mundos. Esto es la soledad y sus crepitaciones. Estoy haciendo señas junto al tonto paciente que yace en la colina y con la pobre loca que remienda sus cuitas en un banco del parque. Por sus dedos conclusos. De tejedora rota. Destilan los retazos. La crónica final del abandono. Le digo que me espere. No es tiempo de morir a la sombra marchita de los álamos. Estoy lanzando piedras contra la oreja sorda. Sangrante de este mundo. Este mundo convexo que muestra sus espaldas. Se extraviaron los planos que ayuden a escapar del Laberinto. Estoy lanzando piedras: soy la loca del parque. Soy el tonto decrépito que yace en la colina. Soy la canción fatal de Eleanor Rigby. Y soy la antología de los que mueren solos. Sin traspasar el túnel. Sigo lanzando piedras. Estoy cansada y sigo. La loca muestra impúdica la mueca desdentada de su hastío. Vira al revés su bolso. Esparce pieza a pieza su manojo de olvidos. Le digo que me espere: no es tiempo de morir a la sombra marchita de los álamos. No resisto esta paz de abrevadero. Ni la culpa redonda pendiente del manzano. Ni la flecha buscando centro en mi cabeza. Estoy lanzando piedras. Quizás encuentren eco. O las devore el fondo.
María Elena Cruz Varela (Colón, Cuba, 1953).- POEMA DEL HONDERO